
Por Fernando Girard (*)
fgirard@adinet.com.uy
Las distintas innovaciones que surgen día a día y que conforman la revolución tecnológica que caracteriza las últimas dos o tres décadas, parecen no tener fin.
Crean una sensación de incertidumbre, incluso de indefensión, frente a un fenómeno que generado por seres humanos, parece escapar a su control por ellos y adquirir vida propia. Cada vez tenemos más dispositivos de todo tipo, cada vez parece más pequeña la aldea global. Lo que impone más de una reflexíón.
Si aceptamos que el siglo XIX fue el de la convicción en el progreso indefinido del hombre en el más occidental sentido de que nos dirigíamos hacia determinado fin y el siglo XX ( el siglo corto de Hobsbawm) puede calificarse por la expansión global de la economía y el fracaso de las utopías, ¿cuál será la característica distintiva del que recién ha empezado y cómo afectará al hombre?
Cierto es que un siglo es una convención no estrictamente mundial: nuestro calendario rige en términos políticos y comerciales pero, por ejemplo, tanto el Islam como el Judaísmo utilizan meses lunares, en China pervive el ciclo de 60 años, e incluso nosotros calculamos la fecha de la Pascua de acuerdo a criterios milenarios. Pero resulta de todos modos una convención con cierto impacto. Basta mirar unos años hacia atrás para ver el revuelo que provocara la mágica y redonda cifra de 2000.
También es verdad que hablar de toda la humanidad no es correcto en términos estrictos, ya que los impactos de referencia, no afectan a grandes sectores de la población mundial más preocupados por la sencilla supervivencia que por la carrera entre la tecnología celular y Wimax. Pero sí es válido hacerlo en términos de paradigma o telón de fondo general y en el sentido de una proyección al futuro. La más remota aldea de Bangla Desh puede hoy conectarse.
Con esas dos precisiones, desde esta primera década es posible decir que estamos en el siglo en el cual las comunicaciones han de impactar (ya lo hacen) a toda la humanidad. Todo apunta a la interoperabilidad de los sistemas integrando estándares abiertos, la convergencia de las tecnologías en un sistemas únicos y la ubicuidad: se dispondrá de ellas donde uno se encuentre). Hacia allí es donde están yendo las tecnologías y los escenarios donde se aplican.
"El hogar ya no existe. Hogar es donde estás, hoy se trata de personas individuales, dónde estén", (Tomás Oulton, Microsoft). Lo mismo para la oficina. Pronto toda nuestra oficina estará en nuestro bolsillo y sólo necesitaremos contar con las interfases adecuadas. El tiempo dirá cuánto beneficia o perjudica al ser humano en cuanto tal, pero el rumbo general parece claro.
Estamos o estaremos 'hiperconectados'. ¿Qué significa eso? Pues que todo aquello que pueda beneficiarse de conectarse a la Red, será conectado. Toda persona o cosa que desee interactuar con otra, podrá hacerlo, sin que importe su ubicación física, lo cual es posible por la creciente convergencia de todas las redes existentes en una sola, inteligente, global, casi autónoma. No sólo los hombres se comunicarán entre sí y con máquinas, sino que cada vez más máquinas han de interactuar entre sí, como en el caso del control automático de flotas y mercaderías.
Lo que incluye ejemplos de ciencia ficción totalmente factibles como que la heladera envíe un SMS avisando que ya no hay leche o, menos trivial, la ubicación inmediata de personas de socorro en las cercanías de un accidente. La unificación de las tecnologías de telecomunicaciones y de computación, sustenta estas posibilidades y hará que la Red conecte personas y dispositivos en forma casi indistinta: computadoras, celulares, TV digital, autos, satélites.
Esto ha de ser así porque las fuerzas del mercado lo potencian. Hay enormes oportunidades de negocios y hay miles de millones de personas deseosas de consumir los nuevos servicios y obtener el último artificio. En cierta forma, eso es parte de la naturaleza humana.
Es pertinente pues la reflexión. ¿La hiperconectividad mejorará nuestras cualidades de ser humano o nos convertirá en apéndices de la tecnología? La pregunta no es nueva en sí, pero lo es en términos de escala. Al bajar del avión nuestro equipaje nos encontrará, pero quizá nuestra privacidad se verá disminuida, estaremos más conectados, pero menos a solas, más en contacto pero menos autónomos.
La tecnología convence. Pensemos quince años atrás, cuando los teléfonos celulares eran casi artefactos para ricos (aunque sus inicios datan de los 50). ¿Podríamos hoy prescindir de dicho dispositivo? Sí, claro que podemos, pero no lo deseamos. Estamos convencidos de que es enormemente útil, más allá de reflexionar sobre su conveniencia real o si nos esclaviza en vez de liberarnos.
Este caso parece invitar a que se me responda que es más que obvio que un celular es útil para el ser humano como tal: nos conecta, nos comunica, estamos cerca aunque las distancias sean enormes. Correcto. El problema no es el aparato de que se trate sino la falta de análisis, de espíritu crítico, de aceptación de todo lo tecnológico simplemente porque es la última innovación. Es necesario detenerse mínimamente en lo normativo, en lo humano, por más que luego podamos estar todos de acuerdo en que la novedad sirve.
La tecnología también fracasa. Pese a todas las redes y satélites no se pudo prever el terrible tsunami de fines de 2002, ni se pudo alertar a las poblaciones costeras. Y puede asustarnos con la amenaza de la perpetua vigilancia; basta con usar el sencillo Google Earth para saber cuánto se puede ver desde algunas órbitas. Nunca el Gran Hermano de Orwell ha estado tan cerca del control total.
Desde que a mediados del siglo XIII Roger Bacon sentara las bases del método científico que se afirmarían casi 500 años después - el ciclo de observación, hipótesis, experimentación - el avance tecnológico basado en estos principios ha ido creciendo en forma cada vez más acelerada, hasta llegar a la continua cascada de descubrimientos y sorpresas diarias.
En época de Isaac Newton, un hombre culto podía llegar a tener un panorama del estado general de las diferentes disciplinas científicas; podía abarcar el conjunto de conocimientos disponibles al menos en sus elementos básicos. Desde hace tiempo que tal cosa es absolutamente imposible: ya que no hay descubridores individuales sino equipos. La posibilidad de la detección de una partícula subatómica o algún quark esotérico puede dar lugar a un artículo firmado por decenas de especialistas. La tecnología y la ciencia nos invaden llenando nuestras horas y nuestro espacio, pero al mismo tiempo sabemos cada vez menos sobre ellas.
Viviremos pues, mucho más interconectados. La cuestión a debatir consiste en saber si con ello nos convertiremos tan sólo un nodo más de la red. El 'hombre hiperconectado' ya es una realidad, que aunque no incluya hoy a todos los seres humanos, se ha de convertir en breve en algo tan normal como llevar el celular en el cinto.
Marcuse decía, en medio de la expansión capitalista de Europa occidental, allá por los años sesenta, que esa expansión estaba resolviendo todas las reivindicaciones tradicionales de la clase obrera, y que con ello el hombre, orientado a lo específicamente material, se volvía 'unidimensional'. La creciente satisfacción de necesidades para cada vez más personas creaba a su vez nuevas necesidades, y el potencial eventualmente liberador del dominio tecnológico resultaba en realidad en una limitación de las facultades humanas.
Cuarenta años después esto sigue siendo absolutamente válido. Es de desear entonces que la conectividad nos agregue dimensiones, que no quedemos atrapados entre el celular, el iPod, el ADSL, el MP3, la Palm y el notebook, que la Red nos permita viajar virtual e instantáneamente y que no nos inmovilice cual telaraña.




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